Pr 3:5
Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia.
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EL CONOCIMIENTO DE LA SALVACION
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Esta experiencia de la salvación que el Nuevo Testamento enseña no es imaginaria; es una bendita realidad. Cuando presentaban este tema, los apóstoles siempre hablaban con seguridad. Juan afirma: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (1 Juan 3:14). “Sabemos que somos de Dios” (5:19). “Somos de Dios... todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Juan 4:6-7).
Negativamente, Dios nos ha hecha saber de ¿este gran cambio
al quitamos todos nuestros pecados. Fue el propósito de Dios “dar
conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados”
(Lucas 1:77). Cuando el buscador que llega a ser profundamente consciente de sus pecados y, muy agobiado con la carga de culpa, viene a Jesús, confesando y abandonando sus pecados de acuerdo con los requisitos de la Biblia, el buen Señor benignamente los borra todos por el poder de su gracia. Entonces la dulce paz del cielo fluye en el corazón regenerado, y no necesita que nadie le informe que es salvo, porque él es el primero que lo sabe. La experiencia de liberación del pecado y de la culpa es ahora tan real como lo era el hecho del pecado. Pero esto no es todo. Surgen en su alma nuevos sentimientos, nuevas esperanzas y nuevas aspiraciones, y él llega a reconocer la verdad de las palabras de Pablo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios” (2 Corintios 5:17-18).
Otra evidencia clara de nuestra salvación es el cambio radical
que se ha operado en nuestras afecciones. Primero, se centran en Dios. Mientras que están viviendo vidas pecaminosas, los hombres no aman a Dios verdaderamente de corazón, porque están viviendo en rebelión, o en un estado de indiferencia hacia lo que Dios reclama de ellos. Algunos descienden tan profundo en el pecado que aun llegan a convertirse “en aborrecedores de Dios” (Romanos 1:30). Cuando nuestra alma despierta a la realidad del gran amor que Dios nos ha mostrado, la manifestación del amor divino en la muerte de nuestro Señor por nosotros atrae nuestras extraviadas afecciones, y estamos prestos a exclamar con el Apóstol, “Nosotros le amamos a él porque él nos amó primero” (1 Juan4:19). Entonces, ¡qué natural es obedecer a Dios! “El que me ama”, dice Jesús, “mi palabra guardará” (Juan 14:23).
En segundo lugar, experimentamos un cambio real en nuestras
afecciones con relación a aquellos que han sido nuestros enemigos.
En vez de odio y amargura que sentíamos hacia ellos, ahora experi-mentamos un sentido de amor que llega hacia ellos, y somos capaces de obedecer las mismas palabras de Cristo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielós” (Mateo 5:44-45).
En tercer lugar, nuestros sentimientos hacia el pueblo de Dios
también se cambian: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos” (1 Juan 5:2). "Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguramos nuestros corazones delante de él" (1 Juan 3:18-19). Tan grande es nuestro santo amor hacia todos los hijos de Dios que Cristo ha dicho: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).
La evidencia mejor y más clara que Dios nos ha aceptado es el
testimonio interno de su Espíritu. La salvación se recibe por fe. Pablo
dijo al carcelero, “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. El Apóstol Juan dice, “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Juan 5:10). Uno no puede ejercer la fe salvadora en Cristo sin experimentar dentro de sí mismo la seguridad del Espíritu Santo de que ahora es salvo. Este testimonio no se puede explicar bien en palabras; pero, gracias a Dios, puede experimentarse. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16).
Lector, ¿estás consciente de que Dios ha cancelado definitiva-
mente tus pecados, y de que ahora posees la vida en Cristo? Si acaso no es así, permítenos informarte que tú no has nacido de nuevo, y por ende tú no eres un verdadero cristiano. Tú puedes ser una persona buena, humanamente hablando, teniendo una excelente reputación entre los hombres y profesando que eres cristiano, pero no eres cristiano de acuerdo con la luz de la Palabra de Dios. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
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