Pr 3:5
Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia.
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LA EXPIACION DE CRISTO
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“También nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5:11). El cristianismo está fundado en que la muerte de Cristo fue la gran expiación por los pecados de los hombres.
La Biblia enseña claramente que se requeria más que un mero ejemplo de piedad para efectuar nuestra salvación. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10). Si los hombres pecadores se reformasen y luego siguiesen perfectamente el ejemplo exterior de Cristo, haciendo el bien, este curso de ningún modo dispondría de sus anteriores pecados; porque los hombres no pueden tener sobrada obediencia como resultado de su presentejustificación y así hacer compensación por sus pecados. Pero “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3).
De acuerdo a las consideraciones precedentes, vemos que la necesidad de la encarnación y la expiación se manifiesta en el hecho del pecado. Como resultado de la expiación Dios puede ser ‘justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). Esto muestra que Dios no podía ser justo (mantener su ley justa y santa) y perdonar a los hombres sin el precio del rescate. El hombre no podia rescatarse a sí mismo — el precio era muy grande; los ángeles no podían; pero gracias a Dios, “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se
pierda mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Cristo, siendo Dios, pudo satisfacer las demandas de la justicia infinita; en El el camino de la redención se hizo posible. Puesto que el suyo era un sacrificio infinito, El pudo pagar la deuda a la justicia infinita por todos los hombres. Es el carácter del sacrificio mismo que le da a la expiación su infinito valor. En el uso exacto del término, Dios no “perdona” en modo alguno el pecado, porque la justicia divina demanda la sentencia para todo pecado cometido. El perdón de pecados que Dios concede es “en Cristo” (Efesios 4:32) “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).
Es cierto que uno de los propósitos de la expiación es cambiar la relación de Dios con los hombres, pero otro propósito es cambiar la actitud de los hombres hacia Dios. Cuando al transgresor se le hace reconocer la horrenda naturaleza y alcance de su pecado, y ve que es merecedor de castigo infinito, su corazón se hunde en desesperación. Si su atención se dirige entonces hacia el Calvario, a las agonies moribundas del Dios-Hombre como el que “se dio a sí mismo por nosotros”, la esperanza se aviva, el amor hacia el Redentor surge del alma que se encuentra en las tinieblas del pecado, la fe se acoge al Salvador de los hombres, con el glorioso resultado que la sangre de Cristo lava la culpa de todas sus transgresiones pasadas. ¡Aleluya!. Entonces él está listo para exclamar como lo hizo el Apóstol Juan, “Le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Este es el secreto de la regeneración.
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