Sal 27.14
Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón;
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EVIDENCIAS DE LA DEIDAD DE CRISTO
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Las evidencias especiales de la Deidad de Cristo son tan numerosas que sólo podemos referirnos a unas cuantas de ellas.
1. Las profecías de la Encarnación. Todas éstas se cumplieron en Cristo.
El nació de una virgen (Isaías 7:14; Miqueas 5:2) en Belén. El Antiguo Testamento abunda en profecías concernientes al nacimiento, ministerio, misión, muerte y resurrección del Mesías más de trescientas en total— y todas se cumplieron en Jesús de
Nazaret. A estas profecías, más que a todas las demás, los primeros predicadores recurrieron para establecer la Mesianidad de Jesús (v.g. Hechos 18:28).
2. Los tipos del Antiguo Testamento.
Estos se cumplieron en Cristo.
La sangre de las víctimas de sacrificios, la cual había fluido desde los días de Abel en expiación por los pecados de los hombres, enfocaba seguramente hacia el futuro. a un gran sacrificio, aun el sacrificio de nuestro Señor.
3. Los nombres divinos.
Cristo llevó los nombres divinos “Jehová”, “Dios”,
“Emanuel”, “Señor de todos”, “Dios Todopoderoso”, “El Padre Eterno”, “El Dios verdadero”, “Rey de Reyes y Señor de señores”.
4. Atributos divinos.
Para una discusión sobre los atributos divinos
adscritos a Cristo vea capitulo 1, bajo el subtítulo “El Hijo”.
5. Obras y milagros divinos.
Cristo pretendió debidamente “el poder en la
tierra para perdonar pecados”, mostrando así que El es Dios. El transformó el agua en vino, multiplicó los panes y los peces, anduvo sobre las olas furiosas del mar de Galilea, y calmó las tempestades, probando así que El es Señor de la creación. El echo fuera espíritus malos, sanó los cuerpos enfermos y sufrientes y aun resucitó a los muertos, mostrando así su dominio universal.
6. Honores divinos.
Con justa razón Cristo pretendió igualdad al Padre (Juan 5:19) y una gloria divina con el Padre “antes de que el mundo fuese” (17:5). El enseñó que “todos los hombres deben honrar al Hijo, así como honran al Padre” (5:23). Los apóstoles reconocieron todas estas pretensiones justas a honores divinos, y se unieron en la adoración de Jesucristo como el único por medio del cual se podía obtener la salvación (Hechos 4:12). Pablo pidió que “al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10-1 1).
7. El Carácter humano único.
La vida de Cristo fue libre de pecado. Ni una mancha o pecado ha dañado su carácter. Frente a sus enemigos podía decir, “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Si los hombres no creen en su nacimiento virginal, que tengan en cuenta su vida inmaculada; porque su vida fue absoluta santidad y perfección. En esto El difiere de todos los hombres, no sólo en calidad, sino también en naturaleza; porque todos los demás poseen la naturaleza del mal, “han pecado, y están destituidos de la gloria de Dios”. Jesucristo fue el único que anduvo
sobre esta tierra nuestra sin pecado. En esto es más que humano.
8. Su muerte y resurrección.
El juicio y crucifixión de Jesucristo revelan
un carácter más que humano. Aunque escarnecido, y vituperado, El no reveló señal ni de ira ni de resentimiento. Clavado en la cruz, y expirando en temerosas agonías, no pronunció palabras ni de odio ni de venganza contra sus malignos enemigos; al contrario rogó, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. La resurrección de Cristo es el gran climax de todo. Ni los informes falsos de los soldados en esta ocasión ni los vanos
razonamientos de los incrédulos desde entonces i~.i¡ afectado este evento histórico. El Señor resucitado apareció a cientos de personas después de su resurrección. Cuando Pablo compareció ante el Rey Agripa y declaró que Cristo había sufrido y resucitado de entre los muertos, dijo, “Porque no pienso que ignore nada de esto; pues no se ha hecho esto en un rincón” (Hechos 26:26). Si los apóstoles hubiesen deseado establecer una mentira acerca de la resurrección, hubiesen escogido otro lugar que no fuese Jerusalén para principiar su engaño, porque todos los hechos fueron fácilmente asequibles allí en ese tiempo. Y debe recordarse también que los apóstoles y otros cristianos dieron sus propias vidas en defensa de la doctrina del Cristo resucitado.
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