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El PLAN DE REDENCION

La redención implica un regreso al estado perfecto original, tanto en carácter como en condición; y el hombre no podía efectuar esta restauración por su propia cuenta. En primer lugar, había una dificultad legal que él no podía superar. Dios lo había puesto, como un ser moral bajo la ley moral, y esta ley requería su perfecta obediencia. Sus requisitos pudieran sumarse todos en las palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (Mateo 22:37). Habiendo el hombre desobedecido, no podía hacer reparaciones por sus transgresiones, como no es posible una obediencia sobrada. También, había una insuperable dificultad moral. Habiendo perdido la pureza y la inocencia, el hombre no podía por esfuerzo personal recuperarlas. "¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie" (Job 14:4). Aun así tal restauración es indispensable para la redención. "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3). "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14). Era claramente imposible que uno se redimiera a sí mismo. La revelación divina misma aclara este asunto. Existe en la mentalidad divina un plan de restauración para el hombre caído. "Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová" (Génesis 4:26). Un poco más adelante leemos: "Caminó, pues Enoc con Dios" (5:24). Y a Noé particularmente Dios se manifestó. Estos hechos muestran la actitud de Dios hacia la raza humana.

Cuando miramos hacia adelante al tiempo, de Abraham, encontramos una admirable revelación del plan de redención de Dios en el pacto especial que Dios hizo con el padre del pueblo hebreo. Este pacto se componía de dos partes. La primera parte se relacionaba con Abraham y su simiente literal: Dios haría de él una grande nación; sus descendientes habitarían por un tiempo en tierra extraña, después de la cual Dios los traería a la tierra de Canaán y se la daría por su herencia. La segunda parte del pacto era de naturaleza espiritual, porque en Abraham y su simiente todas las familias de la tierra serían benditas (Génesis 12:1-3; 13:14-15; 15:5, 13-16; 17:1-8; 22:17-18.)

Esta segunda división del pacto representó tan claramente a Cristo y a su evangelio universal que Jesucristo dijo, "Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día, y lo vio y se gozó" (Juan 8:56). Pablo dice: "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo". "Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu" (Gálatas 3:16, 14). (Vea también Romanos 4:13, 16-17.)

En el cumplimiento de la primera parte de este pacto a la simiente de Abraham, Dios dio la Ley de Moisés, de la cual el objetivo manifiesto era gobernar y beneficiar la nación israelita; pero el objetivo principal era sin duda, suplir un sistema de tipos y representaciones de sacrificios y ceremonias, ofrendas y oblaciones, apuntando hacia adelante cuando la adoración espiritual y verdadera a Dios se establecería entre las naciones de la tierra. Esta ley, y la forma en que se presentó, impartió una revelación más clara de la naturaleza y del carácter de Dios y de su plan. Así suplió los medios de disciplina a los judíos al prepararlos para la venida del Mesías.

Los profetas posteriores no estaban limitados a un sistema externo de tipos y representaciones, pero el Espíritu de Dios les hizo saber directamente la más alta norma de revelación que se llevaría a cabo por Cristo. Isaías dice que "Dios mismo vendrá y te salvará" (35:4), y que esta salvación se efectuaría por su sufrimiento vicario y su muerte (capítulo 53). Daniel predijo que el Mesías vendría "a terminar la transgresión, y a poner fin a los pecados y hacer la reconciliación por la iniquidad, y traer justicia perpetua" (9:24). Joel profetizó que en los últimos días Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne (2:28-29). Zacarías hizo resaltar a la fuente que purificaría el pecado y la inmundicia y que estaría "abierta a la casa de David" (13:1).

Jesucristo trajo la más elevada revelación de Dios y enseñó una norma de conducta humana apropiada, pero sobre todo encontramos en El el remedio perfecto de Dios para el pecado. El vino "a salvar a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21; 1 Juan 3:56). Así, la restauración moral del hombre a la condición original de santidad y pureza se logra (Tito 2:14). El plan de redención no se había cumplido completamente, en todo caso, en el tiempo del primer adviento de Cristo.

En lo que concierne al alma, los medios fueron provistos para su restauración moral; pero hemos visto que la Caída afectó al hombre físicamente también. Era, sin duda, el designio original de Dios "que lo mortal sea absorbido por la vida"-que el hombre mortal en el Jardín del Edén pudiese, al participar del árbol de la vida, mantener su vida naturalindefinidamente, hasta aquel tiempo que placiera a Dios trasladarse o inmortalizarle. Como el pecado frustró este propósito, ahora se ha constituído como parte del plan de redención "que lo mortal sea absorbido por la vida" (2 Corintios 5:4). Y desde que, a causa del pecado original, se ha "establecido para los hombres que mueran una sola vez" (Hebreos 9:27), parte del designio redentor relacionado a nuestra inmortalidad se ha suspendido hasta el último día, el día de resurrección, cuando "esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad" (1 Corintios 15:53).

Pablo reconoce el hecho de que nuestros cuerpos están incluídos en la obra redentora, porque él dice: "¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? ...Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios" (1 Corintios 6:19-20). (Vea también Efesios 1:13-14; 2 Corintios 5:1-5; Romanos 8:23.)

Un conocimiento de la progresión de la obra redentora de Dios es necesario para una comprensión correcta de lo que la Biblia realmente enseña. El método de revelación de Dios se ajustó a la naturaleza y condición del hombre, y fue necesariamente progresivo. Así que, en ocasiones una parte vino después de otra parte, pero el progreso fue siempre hacia arriba. La unidad que encontramos en todas las partes de la Biblia es una de propósito y plan, el cual Dios estaba constantemente buscando para hacerlo saber al hombre, y por medio de este plan de redención Dios estaba gradualmente elevando al hombre.
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